Llegaron los siete a casa con
la cabeza mirando a los pies y sin apenas palabras. Aún así, al sentarse a la
mesa, el sabio dijo «por mucho que dé vueltas a la cabeza, no sé qué podemos
hacer» a lo que el gruñón respondió «nada, como siempre», el feliz contestó
«todavía tiene que haber esperanza para nosotros», el dormilón bostezó y el
tímido se sonrojó. El mocoso, de tanto llorar, se había quedado sin mocos ni
lágrimas y el mudito encogió los hombros con una mueca de tristeza en la
sonrisa.
Entonces Blancanieves dejó
sobre la mesa la bandeja con la cena: ocho manzanas envenenadas, y les dijo:
«Claro que hay qué hacer, con este manjar salimos esta misma noche con todos
los compañeros para Madrid. Nos van a oír»