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lunes, 9 de julio de 2012

LA HOGUERA


El gobierno alimentaba con carbón una hoguera por la que habían desfilado sumisos inmigrantes, transportistas caprichosos, liberados perezosos, médicos acomodados, vagos profesores y maestros, funcionarios vividores, curritos derrochones… mientras el resto de la población aplaudía complaciente cada uno de los nuevos incinerados, sin percibir que en la plaza quedaban menos personas, mientras el cielo acogía a un número mayor de caprichosas cenizas levitando sin rumbo fijo.

Y ahora, paradójicamente, les tocaba el turno a los que con sudor, pico y pala extraían tan fogoso mineral y obstinados se negaban a morir abrasados por las llamas. Mientras los demás, mermada muchedumbre, se preguntaban como seguiría el espectáculo cuando no quedaran mineros. “Seguramente la hoguera caerá en desuso”, opinaban unos; “yo prefiero la guillotina” bramaban otros; mientras los más convencidos, superponían su voz a la del resto para sentenciar “siendo español, lo mejor es que vuelva el garrote vil”.


viernes, 29 de junio de 2012

NEGRO MATE



Tras una dura jornada laboral, entré arrastrando mi cuerpo vacío y la encontré frente al televisor, viendo atónita como ese hombre trajeado con apellido de provincia anunciaba la irreversibilidad de las medidas tomadas. Sin percibir mi presencia, liberó alguna que otra lágrima, en un silencio sepulcral, eludiendo cualquier quejido, pues era tan dura como el maldito mineral. Supuse que Pilar estaba recordando aquel día en el que sonaron las sirenas anunciando el accidente que se llevó al hoyo a su padre, o aquel otro en el que la arrolladora neumoconiosis la dejó viuda a los cincuenta. Pero ella sufría en silencio pues, sumada a su orgullosa dignidad, sabía que la Marcha Negra en la que participaba mi padre era el comienzo de una lucha igual de irreversible que las medidas anunciadas por el ministro, pero con la salvedad de que ellos no tenían alternativa pues la sombra y el frío de la mina eran su único cobijo. Ahí estaba yo, a mis dieciocho, sabedor que el futuro pintaba mal, contemplando como mi abuela lloraba historia, con el mono puesto y la cara tiznada de identidad.