Nací en la cuenca minera del
Nalón, una tierra negra que de tanto escanciarla con sidra y rondarla al
compás de la gaita acabó creyéndose paraíso natural de verdes praderas. Ahí
crecí yo, rodeado de hombres que tosían el polvo negro que les había comido las
entrañas; de viudas que soñaban con que algún día el pozo les devolviera al
compañero que les quitó y de gentes más pegadas a la tierrina que el carbón a
la mina.
Un lugar donde la dureza se
reparte entre todos para convertirla en fortaleza, donde hemos echado raíces y
plantado ilusiones, donde está ese hogar que no queremos abandonar. Yo también
voy a Madrid, para que escuchen mi voz, para que cada paso hacia la capital se
convierta en un euro para la minería y para que en la cuenca del Nalón siga
amaneciendo cada día.